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EL CRISOL, LA MATRIZ 13:21:44 (TEMPLO DE CRISTAL)

La unión del fuego y del agua en un mismo elemento, el llamado Sol Blanco, es sobre lo que versa la Alquimia Sagrada. A nivel terrestre se habla de la energía kundalini, donde las fuerzas telúricas o magnéticas se unen con las cósmicas o eléctricas (conceptos del Santo Grial y la espada Excálibur que ya fueron explicados en módulos anteriores).

Pero ¿qué hay del hijo o Espíritu Santo?

¿Recordamos que todo es trino?

En los módulos anteriores de El libro de los 3 dragones ya hablamos sobre la tercera visión o tercer nivel de consciencia (Pituitaria) y sobre la cuarta visión o cuarto nivel de consciencia (Corazón) a través de los cuales se abren el Ojo de Horus y el Gran Ojo de Ra.

El Ojo de Horus permite adentrarnos en la Torre de Babel y transitar nuestro abismo y registros kármicos de las diferentes encarnaciones (contratos); el Gran Ojo de Ra es la entrada al reino dévico, la antesala de nuestra biblioteca akáshica (módulo 5, Semillas de la Vida).

Esto permite el acceso al origen, al autoconocimiento y el renacer del nuevo hombre que, después de ser lunar, se transforma en solar, pues ya no vive con la máscara y la mentira, ya no viste el disfraz, ya no tiene miedo de mostrarse tal cual es. El nuevo hombre se acepta, se ama, se perdona, respeta y entiende la vida.

Y cuando ya somos conscientes de cómo somos, cómo afectan nuestras cocreaciones y por qué las hemos vivido, nos hacemos responsables de nuestra vida y tomamos las riendas de nuestro compromiso. Cuando ya somos ese nuevo hombre limpio y puro de corazón, es la hora de entrar al Templo de Cristal, es hora de comenzar el regreso a casa, de volver a la Unidad, a la Unidad Primordial.

Nosotros somos los hijos, los Espíritus Santos.

Nosotros somos la máquina, el vehículo que nos llevará a la unión con la Fuente.

Nosotros somos el crisol, los sustentadores de la luz.

Las iglesias y santuarios eran herramientas para poder transformar algo que, por consciencia, todavía no estábamos preparados para entender; por eso, el conocimiento lo tenían unos pocos, aquéllos que entendían las leyes del Padre y de la Madre, del Cosmos y de la Tierra.

Y muchas veces eran “ensayos” para comprobar o enseñar el funcionamiento de las leyes universales, simuladores, por así decir.

Estos guardianes del conocimiento antiguo fueron conocidos como Melchizedeck, en recuerdo a la Orden Cósmica, y eran los verdaderos hierofantes, herederos de la Geometría y Alquimia Sagrada, conocedores del número, de la forma y de su lenguaje, más allá del mundo visible.

El verbo de Dios, la creación.

A lo largo de los tiempos estos viajeros han estado presentes guiando e iniciando la consciencia evolutiva de la humanidad fundando diferentes órdenes y escuelas iniciáticas. Los maestros de obra de iglesias y catedrales utilizaban el sello del Crisma o Crismón para dejar constancia de que aquellas obras estaban trazadas y diseñadas con el conocimiento antiguo de las energías y que nada había quedado al azar, permitiéndole al hombre alcanzar un estado que le permitiera conectar con su divinidad. Era el sello ISO de la época.

El Crisma o Crismón indica los puntos solsticiales, los campos electromagnéticos y la propagación de las energías cósmicas; es la cruz alquímica, la alineación de lo perfecto entre el alfa y omega, entre lo material e inmaterial, entre el cielo y la tierra. Los maestros constructores o compañones se identificaban por llevar bordado en su vestimenta el símbolo de una pata de oca, síntesis de los conceptos de la Geometría Sagrada.

Pero la comodidad del hombre hizo que la gran mayoría de los lugares sagrados dejaran de estar activos, sin mencionar la manipulación del Concilio de Nicea.

Pero no nos salgamos del tema que nos ocupa.

Los templos y construcciones sagradas eran muletas para ayudar al hombre a cambiar su frecuencia, pero era algo fugaz, no era permanente.

El maestro Jesús ya dijo que no era necesario construir templos ni iglesias. El mismo cuerpo humano es un crisol, un recipiente de luz y amor universal.

De hecho, la palabra crisol significa eso, cavidad en el interior de un horno que recibe el metal fundido.

El cuerpo humano es una máquina perfecta y cuando está armonizada y afinada, cuando está alineada con la vida, cumple su verdadero cometido haciendo de puente de unión entre el cielo y la tierra.

Somos como agujas de acupuntura sobre el planeta.

Ése era el papel de los menhires, iglesias, templos, catedrales, etc., estabilizar las energías y crear un vehículo para otro vehículo, el ser humano.

Si estudiamos cómo son ubicados, diseñados y trazados casi todos los emplazamientos sagrados, si los sentimos, observaremos cómo su cuadrícula geomántica sigue unos determinados trazos telúricos: todos están orientados al este (para activar el poder regenerador), todos tienen corrientes artificiales subterráneas de agua (reales o artificiales) para purificar, todos tienen un punto de descarga, todos tienen barreras de protección y contención, etc.

Y otro dato importante, todos esos emplazamientos son lugares geopáticos, es decir, que justamente esa configuración resulta ser un potente vórtice de energía perjudicial para la salud, pero al realizar la construcción, este vórtice se repolariza pasando a ser un vórtice de limpieza y apertura de consciencia.

Pero si somos conscientes, no lo necesitamos. Cada uno de nosotros es una antena de emisión, recepción y expansión, sólo hace falta estar bien sintonizado. Y al final, con templo o sin templo, hemos de acabar conectando con nosotros mismos, nadie se escapa. No hay otro secreto.

El objetivo del Cristo es llegar a la pureza, para desde ahí, proyectarse a la Fuente Primordial. De ahí el paralelismo que hacemos del Cristo con el cristal, haciendo referencia a su pureza.

Con el Templo de Cristal llegaremos a entender dónde reside la pureza del ser, de los cristales, los cuales tienen 32 formas de cristalizar haciendo justamente que el cuerpo humano sea esa antena, perfecta para la emisión y captación de ondas y frecuencias, recubierta de su estructura de carbono.

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